Setenta y seis mil ochocientos trece

• Subo al colectivo y le entrego al que está sentado en el primer asiento un billete de dos pesos. Acá la gente se saluda, se dice "buenosdías", "buenastardes", "buenasnoches". Ponen cara de conocerse entre todos, de recibir con los brazos abiertos al turista, aunque en verdad yo se que nos maldicen entre dientes por convertir la ciudad en un pandemónico microcentro durante la temporada de verano.

El tipo me da un boleto de papel de colores, de esos a la antigua, con el nombre de todas las secciones y un número que yo me encargo de mirar para ver si sale capicúa. Setenta y seis mil ochocientos trece.

Cuando armé el bolso la premisa fundamental fue hacerlo lo más liviano posible y desechar cualquier cosa que supiera que no iba a usar. Apenas van cinco días y ya tengo la certeza de que hay ropa que va a sobrarme. Lo que creí dejar en la mesita de luz fue la sensación de extrañar al hombre que sí sabía que iba a extrañarme. Una vez más me equivoqué. La muy segura que yo solía ser ahora anda insomne por la casa preguntándole a su sombra qué habrá commido, si tendrá frío, qué estará pensando o con quién dormirá por las noches. Ya agoté todas las palabras que hubiera podido decirle. Ahora sólo necesitaría un rato para acomodarme al lado suyo, olerlo y escucharle la respiración, sólo eso.

Luego me volvería a mis vacaciones. Porque yo también quiero vacaciones, mi cabeza las necesita. Es fundamental que se detenga por un par de días la humareda constante que resulta de mis razonamientos intrincados y dejar que el silencio se lleve todo.

Del sol me escondo porque no me gustan las marcas que me deja sobre la piel, propensa a encenderse como una fruta de verano. Del mar me escapo, no vaya a ser que su ferocidad devoradora termine por seducirme y me convoque a las profundidades. Pero sí me da por subirme a un colectivo, a ver si en una de esas me toca un boleto capicúa y puedo mandárselo en una carta, junto a un mandala y un poema, para hacerle recordar solamente que lo extraño, que con el boleto tenemos todavía un viaje más en ese colectivo que él y yo conocemos, y del que no quisiera bajarme nunca. Ni siquiera en vacaciones. •

L.A

4 voces se mezclaron con mi voz:

Adrián J. Messina dijo...

Fenomenal, es emocionante sentir las emociones de tal manera que parece que encontraste las palabras justos para evocar tu romanticismo. Triste y melancólico, pero con mucho amor.
Te felicito.

Rosalba Inés dijo...

Lola siempre tan grato leerte.
coincido con tu visión del mar
es tan grande que da la sensación de que podría llegar a abrazarte tan fuerte al punto que no te quedaría otro destino mas que entregarte. Y todas sabemos lo dificil que es entregarse tan asi. Solo unas pocas lo han intentado, esas locas lindas tan alfonsinas.

un beso grande!

siempre me encantan los diseños de tus blogs

buen comienzo de año

HUMO dijo...

Lola jajajaj sos divina, te leí en un comentario a León y me cautivaste :) te sigo!

=) HUMO

Macarena De Noia dijo...

Me encantó. Me siento muy identificada con esa catarsis inevitable en momentos cotidianos del día a día. No hay nada más inspirador que las cosas más mundanas. Muy lindo blog!!

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