•Sí, quiero o La mujer de la foto en sepia•


- Acá van a pensar que querés proponerme matrimonio solapadamente.
- Peor hubiera sido que te regale el kamasutra

Mi risa resonó en el teléfono con la ocurrencia. Una ocurrencia del tipo de las que yo suelo contestar.

Es un libro de unas 350 páginas, de encuadernación blanda, en estado impecable -demasiado bien cuidado como para no ser nuevo- con una foto en sepia que ilustra la tapa: una mujer gruesa de cintura fina -a fuerza de corset- y cara de susto, enfundada en un vestido de seda blanco que la cubre desde lo alto de la nuca hasta la punta de los pies, con un escote de encaje labrado que le oculta el cuello y el pecho, sobre el cual descansa un rosario. Se encuentra de pie detrás de su reciente y flamante esposo, un hombre de mediana edad, acomodado en un sillón, con traje, guantes blancos, pelo engominado y bigote acorde a la época. Los dos miran como hacia un costado de la cámara, como si la foto hubiese sido tomada de improviso mientras ellos estaban atentos a otra cosa, pero bien claro se nota por las poses que no hubo ni una gota de espontaneidad.

El libro en sí cuenta la evolución de la institución del matrimonio en Argentina, matizado con ciertas anécdotas y notas de color.

Llevo leídas unas treinta páginas, pero el hecho de estar ocupada estudiando me impide avanzar más rápido. Mientras, el libro descansa en mi mesita de luz, a la espera de un momento libre para retomar la lectura.

Cada vez que paso por al lado, a cualquier momento del día, no puedo evitar observar la imagen de la mujer. La extrañeza en la proporción de su cintura con el resto de su cuerpo da testimonio de la torura que debería sufrir en aqulla época a costa de la moda.

No sé si lo que realmente me inquieta o cautiva mi atención es la pose o las mangas plisadas de su vestido. Más bien creo que es su expresión triste, su mirada perdida en la oscuridad del miedo a la vida conyugal que, de ahora en más, le depara la existencia junto a su marido, ese hombre sentado delante suyo al que seguramente ella no ama o quizás siquiera conozca, porque se casó contra su voluntad, y de quien tendrá que depender su existencia "hasta que la muerte los separe".

El hombre poco me inquieta. Tiene en la mirada esa mezcla febril de lascivia e incompetencia que tienen muchos hombres y su figura se desdibuja respecto a la de la mujer que, robusta, se yergue a sus espaldas, con la elegancia de una escultura y la imponencia de una diosa griega.

Ahora entiendo que es ella la que llama poderosamente mi atención. Me dan ganas de entrar a rescatarla de la foto, de salvarla del destino fatal que le impone el libro, para traerla al siglo veintiuno y decirle: "Aquí estás, mujer. Arrancate ese ridículo encaje y soltate el pelo, que el idiota de tu marido ha quedado preso en la tapa del libro y vos ya estás del otro lado". Y la mujer -que bien podría llamarse Felicitas o María Dolores, y que seguramente tendría doble apellido- se horrorizará de ver a mujeres tan reales como ella desnudándose por televisión o dirigiendo corporaciones mientras sus parejas -siquiera sus maridos- preparan la cena en casa. Pero supongo que se acostumbrará, tarde o temprano. Al menos no morirá de tristeza al lado del imbécil que tiene por esposo.

En la búsqueda de algún dato acerca de su identidad revisé la cara interna de la tapa, las primeras páginas con los datos editoriales y me encontré con una sorpresa: el libro que yo suponía un préstamo era -ahora me daba cuenta- un regalo. Un regalo solapado (escondido detrás de la solapa). Con tinta negra una letra casi ilegible rezaba unas palabras dedicadas a mí, una secreta invitación a ser amigos.

El asombro fue tal que llegué a indignarme conmigo misma ¿Cómo no me había dado cuenta antes? La respuesta era sencilla: si bien la tinta se traspasaba hasta el otro lado de la hoja, estaba escrito de tal manera que la solapa lo tapaba todo.

Me habían hecho un regalo. Esa clase de regalos que uno atesora entre los estantes de una biblioteca, a merced del polvo y del paso del tiempo, pero no del olvido. Esa clase de regalos que uno puede leer ahora o dentro de cincuenta años con la misma devoción. La misma devoción que en algún momento heredarán mis hijos o mis sobrinos, y seguramente se preguntarán por la identidad del firmante de la dedicatoria (del mismo modo que yo me he preguntado por los que se dedicaron libros y esquelas que he encontrado dentro de los libros heredados de mis padres, tíos y abuelos). Un regalo tan simple pero tan certero que logró conmoverme.

Ahora quizás entiendo en parte el mensaje de la mujer de la foto. Quizás con su mirada taciturna estuviera queriendo decirme algo, como dándome un indicio de las palabras secretas que se escondían para mí al voltear la página. Es curioso, cómo cuando ha pasado tiempo suficiente como para que no quede ni el polvo de lo que alguna vez fuimos, aún seamos un instrumento para provocar alguna inquietud en otros. Para no pasar desapercibidos. Para no ser ignorados. Para que algo nuestro quede impreso en algún otro ser, que aunque no lo recuerde o nunca nos dé las gracias, lleva en sí mismo la huella de lo que alguna vez supimos transmitirle. La mujer en la foto, con su expresión resignada y su pose inocultablemente abrasiva -que pareciera esconder un caballo salvaje apresado con la sola arma de un anillo- ha sido para mi la puerta de accesso a la primera página del libro, a la página de las letras negras chuecas, a las letras de la mano que temblorosa se animó a hacerme un regalo sin pedir permiso, al regalo que más que un regalo es un gesto, una invitiación amable, una propuesta a comenzar de nuevo.

Buscando un libro para regalarle como muestra de agradecimiento o, mejor aún, para confirmar mi aceptación a su propuesta, he concluído que no es tarea sencilla, puesto que él vivió mucho más lejos que lo que varios libros pudieran contarle, y que su propia vida ha superado a varios dramas de ficción. Que muchos personajes se le parecen, que muchas historia podrían ser la suya, pero sin ser; porque su existencia se ha tornado a veces más trágica de lo que algún escritor haya podido imaginar.

Entonces decidí tomar el camino inverso y regalarle esta historia, que él en parte conoce porque la protagoniza, pero que lo sorprende porque se la cuento yo. Al igual que él decido dedicársela, esa vez no en la primera página, sino en la última, dándole con mis palabras respuesta a la invitación que me hizo con las suyas, y digo: Sí, quiero.

Y este es el momento en el que creo que los papeles se han invertido, que las historias y los libros se han entremezclado. Y me veo a mí misma como el caballo salvaje, erguida como una escultura de una diosa griega, pero escondiéndome con cara de miedo detrás de la figura desdibujada de un idiota. Mientras él -el autor del regalo, quien me dedicó el libro- se me acerca, me suelta el pelo, me arranca el encaje y me dice: Vamos, que todavía hay mucho por leer.

L.A

6 voces se mezclaron con mi voz:

Clara Batida dijo...

Lola, Lola, soy Clara de la radio y de una te lo digo, vas directo a mis links!

Con Lilith te extrañamos en la carpa =(

Clara Batida dijo...

Handball, Clara juega handball

Anónimo dijo...

soy yo...si yo...

me lo lei todo mientras escuchaba salinas.... necesitaba un rato de paz... hacia mucho q no lo tenia...

y bueno....

desde q arranque a leer... hasta q termine... me quede con la idea.. de q este....

es un blog...

"de amarguras de amor"...

•Laura Avellaneda• dijo...

¿Quién será ese anónimo que no se atreve a dar la cara?

No lo sé... pero las posibilidades, teniendo en cuenta que escucha a Luis Salinas, son bastante acotadas, si no pocas.

Amargras de amor? Si y no. Las hay, no lo niego. Pero también hay otras cosas. Cosas que ni son amargas ni son de amor.

Cristian dijo...

¡Lola tiene novio, Lola tiene novio, Lola tiene novio...!

A ver te cuento, yo veo los comentarios sí hago click en la historia, después veo los comentarios si apretó en "Comentarios", es decír que no aparecen directamente abajo de la historia, es más creo que en ningún sistema aparecen directamente abajo de la historia, lo que podés hacer es poner esto:
http://blogger-templates.blogspot.com/2007/03/recent-comments.html

Rellena todo eso y dale "apply" y después "add widget..." (!Qué ingles!) y así podes poner los últimos comentarios en la barra del costadito, o donde quieras.
No es la solución pero bueno quizas tambien te interesa, te dejo un saludo grande Lola, que todo ande muy bien.

PD: Peque deja de quejarte, los comentarios siempre son escasos. Vas a ver que llega un punto en que no te importa la cantidad sino la calidad. Un besuo.

Onalem! dijo...

Son las mejores fotografías las fotografías espontaneas. Son las que muestras la verdad, no hay pose, no hay "quietitud". El estudio te impide proseguir con lo que queres, pero se que anhelas terminarlo.
Pobres mujeres la de aquella época en la cual se afixiaban para verse bonitas, para sere bien vistas. Y pensar que en esa época los padres elegían con quien estaría por el resto de su vida es aún peor, estar junto a alguien sin amor...
Que acto el rescatarla de esa fotografía, de ese mundo quieto que te inquieta. ¿Qué sería de una persona de esa época traida a este mundo de hoy en día? Pobres de ellas, se horrorizarían o tal vez se acostumbrarían, pero tardarían en hacerlo...

Quisera ver la fotografía de esa tapa. ¿Puede ser? Me impresiona cuanto detalle estas dando por una fotografía de ese momento y me pregunto porqué nunca lo hiciste al ver una fotografía de esa época.

Me deja mucha intriga este texto, quisiera poder saber más de este libro, o sí es una simple historia.

Saludo Lola querida.

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